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Ensayo sobre el abrazo

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Gustave Klimt

 A menudo dedico mis escasos ratos de lucidez a investigar nuevos modos de abrazarte sin que medie lo físico, y no porque no prefiera el abrazo al uso, sino porque hay una distancia forzosa entre tu cuerpo y el mío.

 

Con el tiempo he aprendido lo baldío de mi inventiva.

Nada consigue remplazar tu tacto (ni siquiera cuando sólo acierto a adivinar tus brazos bajo las capas de ropa) o el calor de tus manos al acariciar mi espalda, aún en diciembre. Nada.

He probado a vestirte de palabras hermosas y dibujar en el aire futuros más amables que auspicien nuestros sueños, pero siempre me falta vocabulario para expresar, lo que ni yo a veces entiendo.  

Agotada la primera vía, he probado a descubrir abrazos en cómo me miras, en cómo te ríes cuando meto la pata o me pongo el disfraz de ceremonia,  cuando se nos ocurren las mismas maldades y decidimos que el infierno tampoco debe ser un mal sitio donde estar. Pero al final, siempre me urge tu tacto para confirmar que no te estoy soñando, que me aprietas dulcemente para confundir los límites.

 
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Comentarios Ensayo sobre el abrazo

Llega un momento en el que las palabras se convierten en molestas. En el que ningún discurso puede reemplazar al tacto. Nuestras epidermis saben más que nuestro cerebro. El lenguaje es tan sólo un obstáculo más.
Tiranizados por el deseo del más leve roce, imaginamos mil y una forma de acercanos. LLega un momento en el que todo sobra excepto el amigo amado.
Anónimo 02/04/2007 a las 19:32
Dos párrafos sencillamente hermosos. Gracias por participar de este humilde blog. Un saludo!
Cuando aún no había abierto mis ojos al mundo ya me abrazaban, cuando me ponían en mi cuna lloraba en protesta de la pérdida de esos brazos de ese calor de ese tacto que era lo mejor del mundo, cuando mi padre me pinchaba con su barba en el abrazo yo lo rechazaba y él se afeitaba rapidito para poder abrazarme, cuando yo sentía su cara suave yo ronroneaba como un gato en un festín de mimos. 

Mis gatos que hablan mucho, pero ellos saben que soy torpe y no les entindo, vienen despacito y se acuestan a mi lado metiendo su morrito en el hueco de mi cuello, y posan sus manitas en mi pecho, para decirme "te quiero".



Cuando estoy desolado y ni quiero decir, ni que me digan... sólo busco el abrazo, ese momento en que no sé donde termina mi oreja y empieza tu corazón. 


Como puedes ver yo era sabio de pequeño...aprendí lo importante nada más nacer.... y mucho después aprendí a hablar, para comunicar todo aquello que no tenía importancia....


El Rodri 02/08/2007 a las 10:48

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